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30 Junio 2026
Geopolítica, inteligencia artificial y la nueva agenda de la ciberseguridad

Han pasado ya dos meses desde el movimiento sistémico que, para la ciberseguridad, ha supuesto el anuncio de Anthropic Mythos. Recientemente tuve la oportunidad de participar en el foro anual de ciberseguridad del World Economic Forum, donde se abordaron algunas de las cuestiones más estratégicas de nuestro tiempo: el impacto de la inteligencia artificial y la creciente influencia de la geopolítica. A raíz de esas conversaciones, he vuelto mentalmente a dos libros que leí el verano pasado y que recomendaría a cualquiera con interés por comprender, con algo más de profundidad, el trasfondo de la actualidad: La guerra de los chips, de Chris Miller, y La hora de los depredadores, de Giuliano da Empoli. Desde perspectivas muy distintas, ambos ayudan a entender las lógicas de poder que explican buena parte de lo que hoy está ocurriendo en el mundo.

Sin desvelar en exceso el contenido de estas dos obras —y sin restarles, en absoluto, interés para su lectura—, ambas convergen en una idea de fondo: el poder sistémico que hoy ejercen las grandes compañías tecnológicas sobre el orden global y viceversa. Un poder que se ha intensificado todavía más con la irrupción de la que probablemente sea la innovación más transformadora de lo que llevamos de siglo XXI: la entrada de la inteligencia artificial en casi todos los ámbitos de nuestra vida.

Desde la responsabilidad de la ciberseguridad, esta realidad genera una inquietud legítima y, al mismo tiempo, exige un análisis desapasionado. Sin minusvalorar el riesgo, cuesta pensar que sea casual que la noticia sobre el potencial impacto de Anthropic Mythos y del proyecto Glasswing haya irrumpido precisamente después de meses de tensión entre la compañía y el Gobierno de Estados Unidos, en un momento en el que, además, la empresa aspira a reforzar su posición de mercado de cara a una futura salida a bolsa. También resulta evidente que el mercado ha interpretado este anuncio como una nueva oportunidad de posicionamiento estratégico y de expansión comercial. En este terreno, tecnología, influencia y narrativa rara vez avanzan por separado.

Quienes trabajamos en ciberseguridad sabemos bien que las cifras con las que convivimos no dejan de crecer: más ciberataques, más incidentes, más escaneos del perímetro, más vulnerabilidades. Pero, además, en los últimos meses esa presión se ha vuelto por momentos asfixiante. ¿Cuánto de esta aceleración puede atribuirse realmente a la inteligencia artificial? No es posible determinarlo con precisión. Sin embargo, sí existen señales reveladoras. En los programas de bug bounty, por ejemplo, los hackers éticos están identificando vulnerabilidades críticas y sofisticadas con una rapidez inédita, y algunos reconocen abiertamente que ya se apoyan en herramientas de IA para hacerlo. ¿Qué inteligencia artificial utilizan? En realidad, cualquiera que les permita ganar eficiencia. No hace falta esperar a Mythos para comprobar que la IA ya está elevando tanto las capacidades ofensivas como las defensivas. Y conviene no olvidar una idea esencial: estamos viendo todavía versiones incipientes de estas tecnologías; no van a dejar de mejorar.

Llegados a este punto, la pregunta relevante es qué hacer. En ciberseguridad, la efectividad importa más que la retórica, por lo que la respuesta pasa por concentrarse en medidas con impacto real sobre la defensa. Eso significa reforzar la higiene de TI, robustecer la gestión de vulnerabilidades con una priorización y remediación mucho más eficaz, elevar la madurez de las operaciones del SOC, revisar con seriedad los planes de continuidad, intensificar las capacidades de seguridad ofensiva y, sobre todo, acelerar la incorporación de inteligencia artificial a las operaciones defensivas. Pretender responder manualmente a la escala y velocidad del problema ya no parece una opción realista.

Estamos plenamente inmersos en una partida en la que geopolítica y tecnología se entrelazan de forma cada vez más difícil de separar, y todo indica que esto no ha hecho más que empezar. Con el tiempo, es probable que Mythos sea recordado como un nuevo punto de inflexión para la ciberseguridad, del mismo modo que lo fueron WannaCry, la pandemia o el ataque a Colonial Pipeline. Nos dirigimos hacia un entorno en el que la intensidad y la peligrosidad de las amenazas superarán ampliamente las referencias actuales. Del mismo modo ¿acabará la inteligencia artificial empujándonos hacia un mundo con software y hardware más seguros, operaciones más autónomas y un mercado de ciberseguridad menos tensionado? Es posible. Pero la respuesta dependerá de factores políticos, económicos y tecnológicos que hoy, en buena medida, escapan al control de todos.

Javier García Quintela

CISO de Repsol

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