El director de Funditec Research y experto en inteligencia artificial y ciberseguridad defiende la alfabetización digital, el acompañamiento de las familias y un uso responsable de la IA como claves para proteger a los menores en las redes sociales.
Prohibir el acceso de los menores a las redes sociales puede parecer una respuesta inmediata ante los riesgos que plantea el entorno digital. Sin embargo, para Gonzalo Álvarez Marañón, director de Funditec Research y experto en inteligencia artificial y ciberseguridad, la protección de niños y adolescentes exige abordar un problema mucho más profundo.
«Prohibir es la respuesta más fácil a un problema complejo, y eso nos debería hacer desconfiar», advierte.
En un momento en el que distintos países estudian o impulsan restricciones al acceso de menores a las plataformas sociales, el experto defiende una estrategia que combine tecnología, educación digital y acompañamiento familiar. Tres elementos que, a su juicio, pueden ofrecer una protección más efectiva y sostenible a largo plazo.
La IA suele aparecer en el debate sobre los menores vinculada a nuevos riesgos, desde los contenidos manipulados hasta la exposición a sistemas algorítmicos cada vez más sofisticados. Pero la misma tecnología también puede desempeñar un papel relevante en su protección.
Álvarez Marañón señala que la inteligencia artificial ya permite «detectar patrones de acoso, contenido explícito o comportamientos de riesgo con bastante eficacia», una capacidad que comienza a incorporarse a distintas herramientas de supervisión parental.
El potencial es significativo: analizar determinadas señales puede ayudar a identificar situaciones de riesgo antes de que escalen y ofrecer a las familias nuevas herramientas para acompañar la actividad digital de los menores.
Sin embargo, el experto introduce una advertencia fundamental. La protección no debería convertirse en una excusa para construir sistemas de vigilancia masiva.
«Estas mismas herramientas pueden convertirse en vigilancia generalizada si quien las opera no es la familia, sino el Estado», señala.
El reto, por tanto, consiste en encontrar un equilibrio entre seguridad y privacidad. Proteger a los menores sin crear mecanismos de control que terminen afectando al conjunto de la ciudadanía.
Algunos países han optado por endurecer las restricciones de acceso de los menores a las redes sociales. Para Álvarez Marañón, estas medidas pueden tener un efecto limitado si no van acompañadas de educación y comprensión del entorno digital.
El riesgo es que los menores encuentren formas de sortear las restricciones mientras los adultos desarrollan una falsa sensación de seguridad.
Frente a este escenario, el director de Funditec Research apuesta por la alfabetización digital como una de las herramientas con mayor impacto a largo plazo.
«Enseñarles cómo funcionan los algoritmos, qué hacen las plataformas con los datos y a reconocer la manipulación produce ciudadanos más resilientes que cualquier prohibición de acceso», sostiene.
Comprender por qué aparece un determinado contenido, cómo se utilizan los datos personales o de qué manera las plataformas intentan mantener la atención del usuario puede convertirse en una forma de protección mucho más duradera que una simple barrera de acceso.
La tecnología y la regulación pueden ayudar, pero el papel de las familias continúa siendo esencial.
«Ninguna ley sustituye la conversación entre padres e hijos», afirma Álvarez Marañón.
Para el experto, los menores que crecen con referencias claras por parte de los adultos sobre cómo utilizar la tecnología desarrollan una mayor capacidad para enfrentarse a sus riesgos. Una protección basada únicamente en restricciones legales puede resultar insuficiente si el menor no comprende por qué existen esos límites ni aprende a desenvolverse de forma autónoma en el entorno digital.
La educación, en este sentido, no consiste únicamente en limitar el tiempo de pantalla. También implica hablar sobre privacidad, identidad digital, manipulación, desinformación, exposición pública y sobre el modelo económico que existe detrás de muchas de las plataformas que utilizan cada día.
El debate adquiere una dimensión todavía mayor cuando se analiza cómo están diseñadas las propias plataformas.
Según el informe Impacto de la Tecnología en la Infancia y Adolescencia, elaborado por UNICEF junto a otras entidades, alrededor del 9% de los menores de entre 10 y 20 años dedica más de cinco horas a las redes sociales.
Para Álvarez Marañón, esta realidad no puede entenderse únicamente como una cuestión de autocontrol individual.
«Las redes están creadas para atraparnos», afirma.
El scroll infinito, las notificaciones constantes, los sistemas de recompensa variable o los algoritmos que priorizan contenidos capaces de provocar emociones intensas forman parte, según explica, de decisiones de diseño orientadas a mantener al usuario el mayor tiempo posible dentro de la plataforma.
«El scroll infinito, las notificaciones, los sistemas de recompensa variable y los algoritmos que priorizan el contenido que provoca emociones intensas son fruto del diseño deliberado y no accidentes tecnológicos», sostiene.
En el caso de niños y adolescentes, la cuestión resulta especialmente sensible. El cerebro adolescente todavía se encuentra en desarrollo, especialmente en las áreas relacionadas con el control de los impulsos y la evaluación del riesgo.
A ello se suma el valor económico de los datos generados durante años de actividad digital. Los perfiles de los menores, explica el experto, son especialmente valiosos porque comienzan a construirse desde edades tempranas y pueden acompañarlos durante décadas.
Las plataformas no solo pueden recopilar información facilitada directamente por el usuario. La forma de interactuar con los contenidos también permite inferir intereses, relaciones, hábitos y patrones de comportamiento.
«Las emociones inferidas por el tiempo de pausa ante cada contenido, el grafo de las relaciones sociales, la localización y los patrones de comportamiento pueden revelar más que un diario secreto», advierte Álvarez Marañón.
La verificación de la edad se ha convertido en uno de los grandes desafíos del debate regulatorio. ¿Cómo comprobar que una persona tiene la edad suficiente para acceder a un servicio sin obligarla a revelar más información personal de la necesaria?
Para Álvarez Marañón, la respuesta debe pasar por sistemas que permitan acreditar determinados atributos preservando la privacidad.
En este contexto, destaca el desarrollo europeo de la EUDI Wallet, una cartera de identidad digital concebida para permitir que los ciudadanos puedan acreditar determinada información —como ser mayores de edad— sin necesidad de compartir de forma indiscriminada datos como el nombre completo, la fecha de nacimiento o el documento de identidad.
El principio, para el experto, debe ser claro: «La vigilancia de los menores no debe llevar implícita la de todos los usuarios».
Regular el diseño de las plataformas, reforzar la protección de la infancia y establecer mecanismos de verificación no debería implicar la creación de infraestructuras capaces de comprometer la privacidad del conjunto de la sociedad.
La tecnología, por sí misma, no es el enemigo. La cuestión está en cómo se diseña, con qué objetivos se utiliza y qué incentivos económicos existen detrás de ella.
Álvarez Marañón apunta directamente al modelo que ha convertido la atención en uno de los activos más valiosos de la economía digital.
«El problema no es la tecnología en sí, sino el modelo de negocio de las grandes plataformas, que convierte la atención infantil en mercancía», concluye.
La protección de los menores en internet, por tanto, difícilmente tendrá una única solución. La inteligencia artificial puede ayudar a detectar riesgos. La regulación puede establecer límites. Las plataformas pueden incorporar diseños más seguros. Y las familias pueden ofrecer el contexto y las herramientas necesarias para que los menores comprendan el entorno en el que se mueven.
Pero si hay una idea que atraviesa todo el debate es que proteger no significa únicamente prohibir.
Significa enseñar a entender la tecnología antes de que la tecnología aprenda demasiado sobre nosotros.
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15 Septiembre 2026
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