Estados Unidos ha formalizado por segunda vez su salida del Acuerdo de París, el principal marco internacional impulsado por Naciones Unidas para coordinar la lucha contra el cambio climático. La decisión deja a la mayor economía del mundo fuera del pacto y vuelve a generar dudas sobre el futuro de la gobernanza climática internacional.
La retirada se ha completado tras un proceso de un año y responde a una orden ejecutiva firmada en el inicio del actual mandato de Donald Trump. No es la primera vez que ocurre: en 2020, EE. UU. ya abandonó el acuerdo, aunque posteriormente regresó en 2021 bajo la presidencia de Joe Biden.
En esta ocasión, la administración estadounidense también ha anunciado su desvinculación de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el tratado base sobre el que se construyó el Acuerdo de París. Analistas internacionales interpretan este movimiento como un distanciamiento más profundo de los mecanismos multilaterales sobre clima.
La salida llega en un momento especialmente delicado, con la COP30 prevista en Brasil y con el objetivo global de limitar el calentamiento por debajo de los 2 °C, aspirando a no superar el umbral crítico de 1,5 °C.
Expertos en energía y diplomacia climática advierten de que la retirada estadounidense complica la cooperación internacional, ya que la política climática está cada vez más conectada con la seguridad energética, la industria tecnológica, las cadenas de suministro y la financiación verde.
Además, la ausencia de Washington podría reducir la presión internacional para que otros países mantengan compromisos ambiciosos en descarbonización.
En paralelo, el gobierno estadounidense está revisando regulaciones sobre emisiones, eliminando incentivos a energías limpias y frenando proyectos como la expansión de la eólica marina. La administración argumenta que las políticas climáticas generan costes económicos, mientras refuerza su apuesta por la producción de combustibles fósiles.
Varios analistas alertan de que esta estrategia podría tener consecuencias globales, especialmente en un contexto de creciente demanda energética vinculada a infraestructuras críticas como los centros de datos para inteligencia artificial.
A pesar del retroceso federal, la transición energética continúa acelerándose a nivel mundial. Las renovables representaron más del 90% de la nueva capacidad energética instalada el último año, mientras sectores como el vehículo eléctrico y la fabricación solar siguen expandiéndose, liderados en gran parte por China.
Sin embargo, la retirada estadounidense podría dificultar la financiación climática destinada a economías emergentes, ralentizando su transición hacia modelos energéticos sostenibles.
Frente a la decisión del gobierno federal, varios estados han reafirmado su compromiso con los objetivos de París. California, entre otros, ha declarado que seguirá impulsando políticas de reducción de emisiones y cooperación internacional, evidenciando un escenario de liderazgo climático fragmentado dentro de Estados Unidos.
La salida refuerza la percepción de EE. UU. como un actor poco estable en los acuerdos multilaterales. En un contexto de récords de temperatura y fenómenos extremos cada vez más costosos, el rumbo que tome la diplomacia climática sin la participación estadounidense será clave para la inversión, la industria y el ritmo de transición energética hacia 2030.
Rincón del CISO
28 Julio 2026
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