Alberto Martínez Zurita es uno de esos perfiles difíciles de encasillar. Con más de dos décadas de experiencia en arquitectura tecnológica en entornos críticos como la banca y la seguridad, ha sabido evolucionar hacia la intersección entre sistemas complejos e inteligencia artificial. Ganador global del Google Cloud AI Agents Hackathon 2025, combina una visión muy práctica con una apuesta clara por la IA agéntica, la salud del software y el aprendizaje continuo. A esto se suma su faceta como formador y autor, desde donde comparte una mirada propia sobre cómo debemos entender y trabajar con la IA en los próximos años.
Mayte Valverde, presidenta de Women in Banking y directora académica del programa HR Business & Tech en The Valley, entrevista a Alberto Martínez Zurita, con motivo de la serie “El futuro del trabajo”.
Mayte Valverde: Alberto, vienes de trabajar más de 20 años en arquitectura en entornos muy exigentes como banca y seguridad, y ahora estás metido de lleno en IA agéntica. ¿En qué momento sentiste que no era solo una evolución tecnológica más, sino algo que realmente iba a transformar la forma en la que trabajamos?
Alberto Martínez: El vértigo llegó antes que la motivación. En 2023, los saltos entre versiones de ChatGPT empezaban a superar pruebas que no deberían haberse superado tan rápido. Con veinte años como arquitecto en banca a la espalda, entendí que el tipo de consejo que daba yo ya podía salir de la máquina en segundos. Y que la máquina, además, podía programarlo.
Siempre me ha pasado que cuando me dedico a algo en serio, acabo llegando lejos. Solo necesito motivación, y en 2024 la encontré. Me puse a experimentar con modelos abiertos en casa y dejé de ver chatbots y empecé a ver agentes. Sistemas que deciden, buscan y ejecutan por su cuenta. No es más IA. Es otra especie. Y entendí que no me estaba preparando para usar una nueva herramienta, sino para redefinir mi oficio.

M.V.: Has ganado un hackathon global de Google compitiendo con más de 11.000 proyectos de todo el mundo. ¿Por qué crees que el tuyo marcó la diferencia?
A.M.: Google movilizó a millón y medio de personas con su curso intensivo sobre IAs agénticas, y de ahí salió el hackathon con más de 11.000 proyectos. La mayoría optó por lo que yo llamé ferraris de cristal, es decir, soluciones atractivas que daban por hecho que todo iba a funcionar bien. En banca no construimos así, sino para cuando todo falla a las tres de la madrugada.
Mi proyecto, Chaos Playbook Engine, respondía a una pregunta que casi nadie se estaba haciendo: ¿qué pasa cuando la IA falla? Se entrenaba para romperse y recuperarse solo. Un 60 % más de fiabilidad sobre el punto de partida. Y lo que construí fue un tanque.

M.V.: Has dado el paso de escribir un libro sobre cómo relacionarnos con la IA. ¿Qué te llevó a hacerlo y qué te gustaría que cambiara en quien lo lea?
A.M.: Llevo más de un año dando formación voluntaria sobre IA dentro del banco. Empezaron siendo sesiones pequeñas, pero crecieron hasta superar los 400 asistentes, y llegó un punto en que entendí que eso no bastaba. Mi formación y el haber llegado pronto al fenómeno me habían dado una posición privilegiada, y en el momento en que vivimos, eso no se puede guardar.
El libro era la forma natural de llegar más lejos, más allá de las sesiones. Alrededor veía a gente brillante usando la IA como un juguete para ir más rápido, sin darse cuenta de que estaban delegando su criterio al mismo ritmo. Lo que me gustaría cambiar en quien lo lea es la postura. Frente a esta tecnología hay dos formas de vivir, una reactiva y una dirigida. La reactiva ya tiene fecha de caducidad. La dirigida se aprende, y requiere método. Yo lo llamo D.I.R.E.C.T.O.R.: un contrato explícito con la máquina antes de cada decisión importante.
Tengo claro que en unos años viviremos mucho mejor gracias a la IA. Pero hasta llegar ahí hay una ventana en la que mucha gente se va a arrepentir de no haber visto venir el cambio a tiempo.

M.V.: En el libro describes lo que llamas la «Teoría del Grifo»: que un conjunto de actores globales está controlando el suministro de inteligencia del planeta. ¿Qué implicaciones tiene eso para una empresa española y qué puede hacer un responsable de tecnología o de ciberseguridad al respecto?
A.M.: Cuando en la oficina abrís el navegador y le preguntáis algo a un ChatGPT o a un Gemini, la mayoría pensáis que estáis usando «la nube». No es así. Estáis alquilando, minuto a minuto, infraestructura propiedad de apenas media docena de actores globales. Y casi todos los chips que ejecutan esa inteligencia salen de una única fábrica en Taiwán, en manos de TSMC.
Quien tiene ese grifo tiene tres poderes muy concretos sobre tu empresa. Primero puede subirte el precio mañana sin que tu presupuesto tenga voto, además puede decidir qué preguntas están permitidas y cuáles no, y, por último, puede cortarte el suministro entero por una sanción geopolítica o por una simple decisión comercial. Un directivo serio se mueve en dos direcciones: no casarse con una marca sino con la arquitectura, y reservar una parte de la inteligencia en casa, con modelos abiertos como Llama o Mistral sobre servidores propios.
La realidad es que somos accionistas involuntarios de decisiones que se toman a diez mil kilómetros.

M.V.: Me gusta decir que aprendemos de verdad cuando enseñamos. En tu experiencia como formador interno, ¿qué estás aprendiendo tú y qué te está llamando más la atención sobre cómo las personas están entendiendo, o malentendiendo, esta tecnología?
A.M. Como formador estoy aprendiendo a nombrar un fenómeno llamado la Deuda Técnica Cognitiva. Cuando usas el GPS durante dos años en una ciudad desconocida, no es que te hayas olvidado de las calles, sino que nunca llegaste a aprenderlas. Con la IA está pasando lo mismo en el trabajo del conocimiento.
Me lo encuentro en muchos profesionales en correos impecables que su autor no sabe defender 24 horas después, en perfiles junior que suenan a senior sin serlo, y reuniones donde cada asistente ha venido pre validado por su propia IA. Eso no se arregla prohibiendo la IA. Se arregla diseñando el uso y, sobre todo, verificando de vez en cuando que tu criterio sigue vivo. El día que lo cedes del todo, ya no queda nadie a quien preguntarle qué pensabas tú.
M.V.: Y en esta línea del aprendizaje, ¿qué distancia hay entre lo que se enseña o se comparte sobre IA y lo que realmente ocurre cuando una empresa intenta llevarlo a su día a día?
A.M.: La formación en el uso está avanzando, pero el cambio de mentalidad no tanto. Con la digitalización, la mayoría escaneó documentos firmados a mano y los pegó dentro del mismo proceso de siempre. Con la IA estamos haciendo igual y casi todos optimizan procesos que ya existen, muy pocos los rediseñan desde cero. Eso es lo que yo llamo el enfoque AI-First.
Y hay una segunda brecha entre lo que la IA ya puede hacer y lo que las empresas le permiten hacer. No conocen bien los riesgos, así que acaban pasándole al empleado la responsabilidad. Eso solo se cierra con trazabilidad, que la IA enseñe en qué se ha basado, y con un humano que toma la decisión con los ojos abiertos.

M.V.: Y para cerrar, cuando apagas el ordenador, ¿qué haces para desconectar de verdad y cambiar de ritmo?
A.M.: Mis ordenadores están siempre encendidos con agentes trabajando en segundo plano, así que «apagar el ordenador» nunca ha sido mi mecanismo. El mío se llama Santuario Cognitivo. Es un tiempo y un espacio protegidos donde el ruido no entra. No es mindfulness ni desconexión romántica, es estrategia defensiva. Lo aprendí durante la preparación del hackathon porque entré en un efecto túnel tan intenso que mi pacto con mi mujer estuvo al límite.
Y además tiene una dimensión hacia fuera que es el legado. Mis hijos son parte de la primera generación que crecerá con la IA como extensión natural de su mente. Si nosotros no protegemos nuestro pensamiento ahora, ellos no sabrán que había algo que proteger. No les va a hacer falta un móvil mejor, sino que les va a hacer falta lo que llamo el nuevo Trivium del Arquitecto, que es criterio, atención profunda y humanidad radical. Enseñarles a existir una hora al día sin pantalla sin sentirse incómodos es el mejor regalo que puedo hacerles.
Rincón del CISO
28 Julio 2026
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