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6 Enero 2026
Entrevista a Libor Sečka: “La cultura es mi forma de hacer diplomacia”

Sara del Vigo Suárez, estudiante de Derecho y Relaciones Internacionales y parte del equipo de la Embajada de República Checa en Madrid, entrevista a Libor Sečka, Embajador de República Checa en España

Sara del Vigo: Comenzaste tu carrera diplomática en los años 80, en un mundo muy distinto al actual. ¿Qué te llevó a elegir esta vocación y cómo recuerdas tus primeros años en el servicio exterior?

    Libor Sečka: Comencé mi carrera diplomática en 1986, en un mundo muy distinto al actual. Tanto desde el punto de vista geopolítico como el tecnológico todo era diferente: no existía internet, los teléfonos móviles estaban empezando, y el contexto y los métodos de trabajo eran completamente opuestos.

    Elegí esta vocación porque desde mi niñez siempre quise ser marinero. En aquel tiempo, Checoslovaquia tenía catorce naves comerciales, y mi deseo era viajar, conocer diferentes países y culturas. A pesar de que mi país no tenía mar, leía muchos libros de aventuras y soñaba con recorrer el mundo como los grandes navegantes: Cristóbal Colón, Magallanes o Juan Sebastián Elcano. En cierto momento, durante la escuela media, me di cuenta de que no sería fácil, porque la capacidad marítima de nuestro país era muy limitada. Entonces me decanté por la diplomacia, que me parecía algo muy cercano a navegar: también me permitiría conocer el mundo, sus gentes, y sus culturas.

    Años después, ese sueño infantil se cerró simbólicamente cuando tuve la oportunidad de embarcar este verano en el buque de la Armada Española Juan Sebastián Elcano, rumbo a Cádiz. Era el único extranjero a bordo, y sentí que, de alguna manera, se unían en mi vida mis dos vocaciones: lo diplomático y lo marinero.

    Estudié la carrera de Relaciones Económicas Internacionales, pasé varios exámenes y en 1986 fui aceptado en el Ministerio de Asuntos Exteriores. En aquel entonces, el país vivía bajo el antiguo régimen comunista y socialista, con otra ideología a la actual. Para mí fue muy importante aprender de los expertos que llevaban años en el oficio, eran verdaderos maestros en la técnica de cómo se hacía la diplomacia.

    De ellos aprendí algo que he aplicado durante toda mi vida profesional: en diplomacia no se puede conseguir nada sin conocer, comprender y tener en cuenta los intereses de la otra parte. Si no entiendes lo que motiva a tu interlocutor y no das pasos hacia su posición, no consigues resultados. Siempre hay que buscar un compromiso, algo que satisfaga a todos. Toda mi carrera me ha confirmado esa lección: buscar lo que cada parte quiere y encontrar el equilibrio entre los intereses.

    S.V.: Has representado a tu país en contextos tan diversos como México, China, Reino Unido y ahora España. ¿Hay algún destino que te haya transformado especialmente, a nivel personal o profesional?

    L.S.: A lo largo de mi carrera he tenido la oportunidad de servir en lugares muy distintos: México, China, el Reino Unido, Italia y también ante la Unión Europea. Cada misión y cada trabajo fuera de mi país ha sido como un libro escrito por diferentes autores, y cada uno tenía algo especial. Son distintas etapas de mi vida, y no podría decir cuál fue la mejor. Cuando lees un libro, todas las partes te aportan algo, pero de forma diferente. En cada una hay muchas misiones, descubrimientos, y cada estancia tiene su propio significado. Por eso, no puedo afirmar que un destino haya sido mejor que otro.

    Si tuviera que subrayar uno, mencionaría China, porque todo allí es distinto del mundo occidental. Para entender lo que hacen, cómo piensan y cómo abordan los problemas, no basta con observar: hay que entrar en su cultura. Por ejemplo, nosotros usamos letras para formar palabras, crear frases y tratar de ser lo más precisos posible. En cambio, el idioma chino se basa en caracteres que son imágenes, y eso les da una cierta libertad de interpretación. Te envían un mensaje, pero te dejan la posibilidad de entenderlo dentro de un marco más amplio, según tu emoción o tu estado de ánimo. No te obligan a tomar una decisión inmediata; te conceden un espacio de reflexión. Pueden ser precisos si quieren, pero no suelen serlo.

    También hay una diferencia simbólica muy profunda. Nosotros somos personas del sol y ellos de la luna. Nosotros nos regimos por el calendario que sigue el movimiento del sol, y ellos por el de la luna. Cuando sale el sol, nosotros nos alegramos; ellos abren el paraguas para protegerse. Cuando la luna está llena ellos salen a las terrazas a escribir poemas, mientras que nosotros ladramos como perros. En nuestra forma de pensar, la línea de unión es horizontal, mientras que para ellos es vertical: primero el cielo, luego la persona y finalmente la tierra. Para trabajar con China hay que comprender esa lógica y actuar con una ambición equilibrada. No es fácil entrar en su mundo, pero una vez dentro, descubres que es tan hermoso como el nuestro, aunque completamente diferente. No es casual que se llamen a sí mismos Zhongguo, el “Imperio del Centro”: se consideran el centro del mundo. Con una tradición de más de cuatro mil años, es realmente algo muy especial.

    También quiero destacar que este trabajo no se puede hacer solo. Necesitas un pequeño equipo: primero la familia y después en la embajada. En mi caso, trabajo junto a mi esposa, Sabrina Sečková, que forma parte esencial de ese equipo y me acompaña en cada destino, y también con el magnífico equipo de la Embajada, que me apoya en todo lo necesario para que nuestro trabajo diplomático funcione día a día.

    S.V.: Durante tu etapa como embajador en Londres viviste momentos intensos como el Brexit. ¿Cómo se gestiona la incertidumbre geopolítica cuando afecta directamente a ciudadanos, empresas y relaciones bilaterales?

    L.S.: La diplomacia está muy cerca de la política; a veces, los embajadores tenemos un pie en el campo de la política y otro en el de la diplomacia. Son dos áreas muy próximas, pero también muy diferentes. Desde la diplomacia tratamos de actuar de manera racional: buscamos el interés nacional, o en muchos casos el interés europeo, y trabajamos por desarrollarlo. La política, en cambio, se mueve más en el terreno de las emociones. Lo racional es importante, pero lo emocional suele tener un peso mucho mayor.

    Ese componente emocional influye y acaba afectando también a la diplomacia, donde trabajamos con el ámbito racional, pero recibimos el impacto de las emociones colectivas. Eso fue exactamente lo que ocurrió con el Brexit: una decisión con un trasfondo económico y racional que, en términos objetivos, no beneficiaba ni a Europa ni al Reino Unido, pero que se impuso por una ola de emoción.

    Los políticos son capaces de canalizar esas emociones y transformarlas en decisiones políticas. Nosotros, los diplomáticos, no participamos directamente en la política; podemos hablar con los actores, con los responsables, pero no intervenir en el proceso. Durante la campaña del Brexit tuvimos que concentrarnos en lo que sí podíamos hacer: minimizar los daños. A veces no trabajamos desde lo positivo, sino desde la necesidad de reducir el impacto negativo lo máximo posible.

    Eso fue exactamente lo que hicimos tras el referéndum: buscar los caminos para salir con el menor daño posible, mantener los lazos humanos, económicos y culturales, y evitar rupturas innecesarias. Al final, creo que se logró manejar la situación de forma razonable.

    Hoy, desde el Reino Unido, se escuchan voces que reconocen que quizá la decisión no fue la más acertada, e incluso se plantea si podría reconsiderarse en el futuro. Pero una vez que un país toma una decisión tan trascendental mediante un referéndum, es importante respetarla al menos durante una generación. De momento, la situación no parece madura para hablar de un cambio, aunque la reflexión está abierta.

    S.V.: Tu paso por China y tu rol como enviado especial al Indo-Pacífico te sitúan como una voz experta en Asia. ¿Qué aprendizajes de la zona Asia-Pacífico deberíamos incorporar en Europa?

    L.S.: Lo que se puede aprender como lección de esa región es, ante todo, que esos países son muy trabajadores. Tienen mucha energía y una gran ambición por ser mejores. Esa aspiración de tener una vida mejor y de sacrificarse por conseguirla es algo muy significativo, y hoy no se ve tanto en Europa. Hemos alcanzado un alto nivel de bienestar, pero a veces nos falta ese motor que proviene precisamente de la carencia, de la necesidad de avanzar.

    También destacaría su paciencia. No es algo que se vea con frecuencia aquí. Son consistentes, y cuando se marcan un objetivo, van hasta alcanzarlo. Esto se observa no solo en China, sino también en Indonesia, Malasia o Filipinas.

    Desde una perspectiva más geopolítica, lo importante para nosotros es comprender que Estados Unidos y China representan hoy dos polos opuestos que orientan el rumbo del mundo, cada uno con su propio modelo. El Indo-Pacífico se encuentra precisamente entre esos dos polos y observa con mucha atención a ambos. Nosotros, que pertenecemos al bloque occidental y compartimos los valores democráticos, tenemos la oportunidad de convencer a esos países de que nuestro modelo es más beneficioso que el chino, que es un régimen autoritario. Pero, al mismo tiempo, ellos quieren ver resultados concretos: no solo organización, sino también efectividad.

    Si tomamos eso en cuenta, y desarrollamos una cooperación más activa y participativa, podemos tener en la región socios muy importantes. De lo contrario, China ocupará ese espacio, y ese equilibrio seguirá siendo un duelo permanente.

    El Indo-Pacífico es crucial por motivos políticos, estratégicos y de seguridad. Donde se va a decidir gran parte de nuestro futuro es en quién controle el mar, desde las rutas hasta las cadenas de suministro. Y desde ese punto de vista, tener a esos países como aliados significa contar con una mejor posición en el escenario marítimo mundial.

    S.V.: España y la República Checa comparten valores europeos, aunque tienen realidades distintas. ¿Qué te ha sorprendido más de España?

    L.S.: Lo que más me ha sorprendido es el poco conocimiento mutuo que existe entre nuestros países, pese a todo lo que compartimos. Es una paradoja: somos miembros de la misma familia, como la Unión Europea y la Alianza Atlántica, nuestros ministros se ven con frecuencia en Bruselas y trabajan juntos en los asuntos europeos, pero al mismo tiempo se ha perdido parte de la relación bilateral directa. Nos conocemos menos que hace veinte años. Esa integración europea nos ha beneficiado en muchos sentidos, pero también ha diluido, nos conocemos menos que hace veinte años. Es el resultado del mismo proceso: no se valora, no se entiende. Eso es lo que de verdad me ha sorprendido, el poco conocimiento de las oportunidades que tenemos para colaborar y enriquecernos.

    Por eso impulsamos la campaña “Vecinos sin frontera común”, para recordar que somos mucho más cercanos de lo que a veces pensamos, y que la distancia que nos separa es más mental que real. Si miramos los datos, la República Checa y España son verdaderos vecinos europeos, por ejemplo, en producción de automóviles ocupamos, el segundo (España) y tercer puesto (Chequia) por detrás de Alemania. Si tomamos nivel de vida de nuestros ciudadanos, el PIB comparado con el poder adquisitivo, es muy similar entre ambos países. E incluso la inversión en sanidad representa en ambos casos alrededor del 7,5 % del PIB. Los indicadores demuestran que estamos más próximos de lo que parece, pero aún no aprovechamos todo nuestro potencial de colaboración. Lo que no se desarrolla, se acaba perdiendo, y me gustaría que esa relación fuera más útil y provechosa para ambos.

    También existen diferencias naturales en nuestros acentos dentro de la familia europea. En política exterior, por ejemplo, nuestras prioridades reflejan nuestras trayectorias históricas. En temas como Israel o Gaza compartimos principios, pero los matices son distintos. En la República Checa la comunidad judía ha sido parte esencial de nuestra sociedad desde hace siglos, basta pensar en Kafka como símbolo de convivencia cultural para ver la integración en la comunidad, mientras que España tiene otras experiencias históricas. Damos la misma importancia, pero se formula de manera diferente. A veces lo expresamos desde distintos puntos de vista, y eso no es un obstáculo; al contrario, da una buena base para empezar nuevas conversaciones y que el debate se entienda mejor.

    En seguridad, nuestra preocupación principal es la soberanía del Estado: la guerra de Ucrania está muy cerca y la seguridad energética es vital. España, por su parte, tiene retos distintos, como la inmigración o la sostenibilidad medioambiental. Precisamente por eso fue tan importante la reciente visita del ministro Albares a Praga este año, que ofreció una oportunidad excelente para el diálogo entre los ministros. Incluso se sorprendieron de lo que podían ofrecerse mutuamente. Queremos ir más allá y avanzar en el buen desarrollo de diferentes áreas, como la economía, y dar también un marco significativo desde el punto de vista político.

    Hay muchos ámbitos con potencial: el transporte, Renfe tiene una base muy potente en Praga, la industria de defensa, la automoción o la sanidad. Las oportunidades están ahí; solo hace falta conocerse mejor. Y eso, precisamente, es lo que más me ha sorprendido: cuánto nos une y cuánto queda aún por descubrir entre nosotros.

    S.V.: A lo largo de los años has combinado diplomacia y cultura, organizando encuentros, conciertos, incluso promoviendo celebraciones tradicionales como el Mayáles. ¿Qué papel juega la cultura en tu forma de hacer diplomacia?

    L.S.: La cultura es muy importante, es mi forma de hacer diplomacia, un camino esencial que transmite conocimiento y pensamiento de la gente. Es el método ideal para el acercamiento, y siempre he trabajado a través de ella en todas mis misiones. Aquí en España también ha tenido un papel destacado, como en las jornadas checo-españolas del año pasado y las que se celebrarán el próximo año.

    La cultura está profundamente conectada con los símbolos. Muchos de ellos, como San Juan de Nepomuceno, que se ha convertido en patrón de la infantería española, aunque pocos conocen su origen, o Santa Orosia, nos recuerdan la historia compartida. Pero lo más importante son los símbolos recientes, que muestran la cercanía entre nuestras naciones.

    Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial, varios españoles que luchaban contra los nazis fueron capturados y enviados a un campo de concentración a 20km de Praga. Muchos murieron, pero František Suchý, un checo encargado del cementerio salvó las cenizas de 2.200 personas, incluidos siete españoles que habían sido considerados perdidos. Años después, un historiador vasco, siguiendo el pasado de sus familiares desde Cataluña y Francia, llegó a Praga y descubrió estos restos. Este hallazgo dio lugar a un encuentro muy emotivo y a la producción de la película Popel (“Cenizas” en checo), estrenada en Praga, proyectada en el Festival de San Sebastián y recientemente con su estreno en Madrid.

    Esta historia demuestra cómo apreciamos los mismos valores: respeto por la dignidad humana y amor al hombre. No se trata de política ni de ideología; habla del compromiso con el ser humano y los principios que compartimos. Este símbolo es muy importante para la relación española-checa, tanto presente como futura.

    Queremos también erigir una estatua de este héroe silencioso checo en Madrid Río, cerca del Puente de Praga. Será un faro que ilumine la relación entre España y la República Checa en el futuro. Trabajar con los símbolos forma parte esencial de la diplomacia cultural y refuerza la cercanía entre nuestros pueblos.

    S.V.: Después de tantos años fuera ¿Qué significa para ti «hogar»? ¿Es un lugar, un idioma, un recuerdo…?

    L.S.: Los checos somos, en cierta forma, conservadores: nos gusta mucho nuestra casa. Existe un proverbio que dice: “tu casa, tu castillo”. La casa donde crecí, en Moravia del Sur, la construyeron mi abuelo y mi padre. Con el tiempo la hemos reconstruido, tiene un jardín bonito, y siempre me gusta volver allí y pasar un rato. Para mí es como tomar un vaso de agua viva, un santuario.

    Esa casa representa mi ancla. Después de tantos años viajando por el mundo, uno necesita un punto de partida, un lugar fijo al que siempre pueda regresar. He pasado cinco años en España durante mi primera misión, y ahora sumo otros dos y me quedan dos o tres más. España se ha convertido en una gran parte de mi vida. Me siento aquí como en una segunda casa, quizá más virtual, pero igualmente cálida.

    El hogar, para mí, está muy relacionado con la libertad del pensamiento. Me siento igual de libre en mi casa de Moravia que aquí, en España. Es la sensación de pertenencia y de equilibrio interior lo que define el hogar, más que las paredes o el idioma.

    S.V.: Si tuvieras que resumir tu filosofía de vida en una frase o idea que siempre te acompañe, ¿Cuál sería?

    L.S.: Hay una frase del libro El alquimista que siempre me ha acompañado y con la que me identifico plenamente. Dice: “Cuando una persona desea realmente algo, el universo entero conspira para que pueda realizar su sueño.” Esa es mi guía en la vida y en la diplomacia.

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