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31 Agosto 2026
Que septiembre no borre el verano en tres días

Septiembre puede borrar en pocos días la calma que conseguimos recuperar durante las vacaciones. El desafío es volver sin renunciar a lo aprendido y construir una forma de trabajar, liderar y vivir que sea sostenible durante todo el año.

¿Cuántos días tarda septiembre en borrar nuestras vacaciones?

¿La primera semana? ¿Los primeros 4 días? A veces, apenas tres días bastan para sentir que nada hubiera pasado.

Regresamos con energía y con la intención de conservar algo de aquel ritmo más pausado. Pero basta con encender el ordenador para descubrir cómo la agenda comienza a llenarse. Muy pronto volvemos a responder mensajes mientras comemos, a enlazar reuniones y a repetir esa frase que durante el verano prometimos abandonar:

“No tengo tiempo”.

Septiembre tiene algo de comienzo, pero también mucho de cuenta atrás. Mientras se inicia un nuevo curso, se aproxima el cierre del año. Los proyectos se reactivan, los objetivos parecen más cercanos y todo adquiere una urgencia que no tenía antes de las vacaciones.

La primera reacción suele ser acelerar. Queremos recuperar lo pendiente, responder a todos y demostrar que ya hemos vuelto. En pocos días, la calma desaparece y retomamos exactamente al mismo ritmo del que necesitábamos alejarnos.

Pero quizá septiembre no nos esté pidiendo hacer más. Quizá nos esté pidiendo elegir mejor.

No olvides lo que te prometiste durante las vacaciones

Muy probablemente en esos días de descanso que ahora parecen lejanos, te prometiste trabajar con mayor calma, retomar aquel deporte abandonado o estar más presente con tu familia. O quizá te propusiste delegar más o dejar de reaccionar ante cada petición como si todo dependiera de ti.

No eran simples pensamientos surgidos frente al mar. Eran conclusiones que aparecieron cuando tuviste la capacidad de ver a la distancia y observar al ritmo al que estabas viviendo.

Al disminuir la presión cotidiana, el cerebro encuentra mejores condiciones para recuperar la atención, regular sus respuestas y establecer nuevas asociaciones. 

La distancia nos permite ver lo que la rutina oculta: el cansancio que habíamos normalizado, las reuniones que no aportan valor, la falta de prioridades o la dificultad para establecer límites.

El problema es que no regresamos únicamente al trabajo. Regresamos también a nuestros hábitos. A la “normalidad” que llevábamos meses ejerciendo.

Las mismas notificaciones, reuniones y demandas reactivan respuestas conocidas. El cerebro tiende a repetir los caminos que ya tiene entrenados, especialmente cuando vuelve a sentirse bajo presión.

Por eso, no alcanza con recordar lo bien que estuvimos durante el verano. Aquello que nos prometimos necesita transformarse en decisiones concretas y determinantes antes de que la urgencia decida por nosotros.

Dejar un espacio libre en la agenda. Reservar tiempo para pensar. Cuestionar una reunión antes de aceptarla. Preguntarnos si esa tarea necesita resolverse ahora o si simplemente nos hemos acostumbrado a prolongar la jornada laboral día tras día.

No podemos evitar que septiembre acelere. Pero sí podemos decidir cómo queremos atravesarlo.

Ni el trabajo es el enemigo ni las vacaciones son la salvación

Trabajar no es algo malo. Además de ser nuestra fuente de ingresos, a muchos de nosotros nos relaciona con nuestro propósito, crecimiento, vínculos y la satisfacción de construir algo valioso.

Tampoco estamos proponiendo vivir de vacaciones, aunque más de uno estará pensando: “¿Y por qué no?”.

El problema aparece cuando convertimos ambos mundos en opuestos: el trabajo como un tiempo que debemos soportar y las vacaciones como el único momento en el que podemos descansar, disfrutar o recuperar nuestra vida.

Muchas personas viven esperando el viernes, el próximo puente o el próximo verano. Esa espera permanente no es una forma saludable ni sostenible de relacionarnos con el trabajo.

Necesitamos una conciliación más equilibrada durante todo el año: momentos de intensidad acompañados de espacios de recuperación; compromiso profesional sin disponibilidad permanente; buenos resultados sin relegar sistemáticamente nuestra vida personal.

El agotamiento no se previene únicamente reservando unas pocas semanas de vacaciones al año. También exige revisar la carga de trabajo, la claridad de las prioridades, los límites, la autonomía y las posibilidades reales de recuperación durante el año.

Y aquí nuestra forma de liderar resulta decisiva.

La ausencia nos ofrece información que pocas evaluaciones de desempeño pueden mostrar con tanta claridad: ¿qué sucedió mientras no estábamos? ¿El equipo pudo avanzar? ¿Las decisiones continuaron? ¿Había criterios claros? ¿Existían personas preparadas para asumir nuestras responsabilidades?

Desarrollar cuadros de reemplazo garantiza la continuidad del negocio y constituye, al mismo tiempo, una expresión de confianza y una responsabilidad esencial del liderazgo.

Compartir conocimiento, entrenar el criterio y delegar decisiones permite preparar a las personas para asumir nuevos desafíos, ampliar su autonomía y crecer dentro de la organización.

No se trata de conseguir que nadie nos necesite. Se trata de evitar que todos nos necesiten para todo.

Un liderazgo maduro no se mide por cuánto nos necesitan, sino por cuánto pueden avanzar los demás cuando no estamos. Y es así que un líder que desarrolla a otros puede descansar, conciliar y estar presente en su vida sin sentir que todo puede derrumbarse.

Quizá hayan quedado atrás las largas tardes en la playa, las sobremesas sin horarios y la sensación de que el tiempo avanzaba más despacio. Pero la perspectiva que recuperamos en esos momentos, en cambio, puede acompañarnos durante todo el año.

Porque el trabajo no es el enemigo y las vacaciones no son la salvación. El verdadero logro es construir una forma de trabajar y de vivir de la que no necesitemos escapar constantemente.

¡Que tengas un feliz mes de septiembre!

Silvina Ramos Mosquera

Executive Coach y especialista en neurociencias aplicadas al liderazgo y al cambio

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