El sistema alimentario, tal y como lo conocemos hoy, está en el centro de dos de las mayores crisis globales: el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. A nivel mundial, la producción de alimentos es responsable de aproximadamente un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero. También es una de las principales causas de la deforestación y del deterioro del suelo fértil. Esta situación no solo agrava el calentamiento global, sino que también pone en riesgo la capacidad del planeta para seguir alimentando a la población.
En este contexto, transformar la forma en la que producimos, distribuimos y consumimos alimentos no solo es urgente, sino también una gran oportunidad. Se estima que una transición hacia sistemas alimentarios sostenibles podría generar beneficios socioeconómicos por valor de hasta 10 billones de dólares al año. Este cambio contribuiría a mejorar la salud pública, reducir el impacto ambiental y aumentar la seguridad alimentaria global.
A largo plazo, si el sistema alimentario mundial avanza hacia modelos más responsables y se consigue limitar el aumento de la temperatura global por debajo de los 2ºC, el crecimiento económico acumulado podría alcanzar los 121 billones de dólares de aquí a 2070. Además, el precio de los alimentos podría reducirse en un 16%.
Con el objetivo de analizar este reto y compartir soluciones, se ha celebrado en Madrid el encuentro “Cultivando una España resiliente: innovaciones y aprendizajes para una alimentación sostenible”, enmarcado dentro de una iniciativa que promueve la transformación sostenible del sistema alimentario en España. El evento puso en valor el potencial del país para convertirse en un referente de alimentación sostenible, impulsado por su diversidad agrícola, capacidad tecnológica y la reciente Estrategia Nacional de Alimentación.
Durante las jornadas, se destacó la importancia de aplicar enfoques innovadores, como el uso de energías limpias, la agricultura regenerativa o la digitalización de las buenas prácticas en toda la cadena de valor. Estas herramientas pueden mejorar la eficiencia del sistema, aumentar su resiliencia ante futuras crisis y fomentar un modelo más justo y responsable con el medio ambiente.
Además, se abordó el papel que puede jugar la colaboración entre diferentes actores —desde pequeñas productoras hasta grandes empresas del sector agroalimentario— para acelerar esta transformación. Compartir conocimientos, invertir en investigación e integrar criterios de sostenibilidad en cada etapa del proceso alimentario son pasos clave para reducir el impacto ecológico de lo que comemos.
En este proceso, varias organizaciones y empresas están promoviendo prácticas más responsables: desde mejorar el bienestar animal hasta reducir el consumo de agua o evitar el desperdicio de alimentos. Casos reales y experiencias concretas se están recopilando en espacios colaborativos donde se analizan desafíos, soluciones y resultados.
Más allá de las cifras y estrategias, el mensaje es claro: cambiar la forma en que producimos y consumimos alimentos es una pieza esencial para hacer frente a las crisis climática y ecológica. Esta transformación no solo beneficiará al planeta, sino que también puede mejorar la salud de las personas y crear nuevas oportunidades económicas.
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