Durante décadas muchas personas construyeron su identidad profesional sobre su conocimiento. Nadie los preparó para el día en que saber dejara de ser suficiente. Hoy, la inteligencia artificial no solo transforma nuestro trabajo: nos invita a preguntarnos quiénes somos cuando lo que nos hacía imprescindibles deja de ser exclusivo. Y la respuesta puede ser mucho mejor de lo que imaginamos.
-Eso siempre me lo preguntaban a mí…dijo Carmen casi en un susurro, mientras sus compañeros seguían conversando.
Llevaba 27 años en la misma empresa. Conocía la historia detrás de cada decisión y de cada persona. Cuando alguien necesitaba una respuesta, acudía a ella.
Y a Carmen eso le encantaba.
Detrás de cada consulta había años de estudio, errores que le habían costado más de un disgusto y decisiones que le enseñaron más que cualquier formación. Sentirse necesaria era su forma de sentirse reconocida.
Hasta aquella mañana de martes en la oficina.
En plena reunión, alguien planteó una pregunta compleja. Antes de que Carmen pudiera responder, un compañero la escribió en una herramienta de IA. En segundos apareció en pantalla una respuesta ordenada, con argumentos y recomendaciones.
-Perfecto, seguimos adelante -dijo el responsable.
Nadie reparó en su silencio. Carmen sonrió, tomó algunas notas y siguió trabajando. Pero esa noche, mientras cenaba, la escena volvió una y otra vez:
“Si ya no vienen a mí a buscar respuestas, ¿seguirán viendo mi valor?”

Cuando el conocimiento deja de protegernos
Nos enseñaron a construir nuestra identidad profesional alrededor de lo que sabíamos hacer. Acumulamos títulos, experiencia y reconocimiento. Nos convertimos en referentes. Y eso nos dio seguridad, pertenencia y un nombre dentro de las organizaciones.
Hasta que llegó una tecnología capaz de resolver en segundos tareas que a nosotros nos llevó años aprender.
No todo nuestro conocimiento ha quedado obsoleto. Pero parte de lo que nos distinguía ya está al alcance de muchas más personas. Y eso no toca solo la productividad: toca el orgullo silencioso de oír “pregúntale a ella, que sabe” y el miedo, pocas veces confesado, a dejar de ser relevantes.
El miedo que no aparece en los indicadores
Las organizaciones hablan de eficiencia y de adopción de IA. Pero ¿qué pasa con quienes sienten que su experiencia está perdiendo valor?
Un estudio de Liah Shonhe y Qingfei Min, publicado en AI & Society en enero de 2025, lo analizó con profesionales de la gestión documental y de la información. La conclusión: cuanto más amenazada siente una persona su identidad profesional, menor es su intención de usar IA. Y esa amenaza era más intensa entre los más expertos.
Pero el mismo estudio deja una pista esperanzadora: cuando la IA es comprensible -cuando las personas entienden cómo llega a sus respuestas- y cuando la integran como parte de su identidad profesional, la sensación de amenaza disminuye y las ganas de usarla crecen.
Dicho de otro modo: la resistencia no es incapacidad. Muchas veces es una forma de proteger lo que tanto nos costó construir. Y cada persona necesita una conversación distinta para soltar ese miedo.
Lo que funciona: poner a las personas en el centro
En septiembre de 2026, Kathleen Hogan, vicepresidenta ejecutiva y responsable de Estrategia y Transformación de Microsoft, explicó en el Business Leaders Forum de la Universidad Marquette cómo se define hoy la compañía: potenciada por la IA, pero liderada por personas.
Su diagnóstico fue sincero. Los proyectos de IA tratados como un simple despliegue tecnológico no funcionaron: la gente probaba la herramienta y al poco tiempo la abandonaba. Los que dieron mejor resultado fueron los que pusieron a las personas en el centro: seguridad psicológica, entender qué ganaba cada uno con el cambio y acompañar el proceso. A veces, resumió, hay que ir despacio para llegar más rápido.
También recordó la consigna con la que Satya Nadella transformó la cultura de Microsoft: dejar de ser una empresa de “sabelotodos” para convertirse en una de “aprendelotodo”.
Ese es el gran reto del liderazgo. No basta con enseñar a usar herramientas. Hacen falta conversaciones en las que las personas puedan expresar sus dudas sin miedo a ser juzgadas y participar en la redefinición de sus funciones. Sin prometer que todo seguirá igual, pero sin minimizar lo que sienten.

De tener respuestas a hacer mejores preguntas
Quizá lo más difícil no sea aprender cosas nuevas, sino soltar una identidad que nos acompañó durante años. Aceptar que podemos volver a ser principiantes después de décadas de experiencia. Y darnos permiso para sentir cierta nostalgia.
Pero aquí está la buena noticia: lo que construimos no se pierde. Se transforma.
La IA puede dar una respuesta en segundos. Lo que no puede es saber cuál de esas respuestas encaja en esta empresa, con estas personas, en este momento. Eso sigue siendo nuestro: el criterio para distinguir lo que suena bien de lo que funciona, la memoria de por qué se tomó una decisión hace diez años, la sensibilidad para anticipar cómo un cambio afectará a un equipo.
La experiencia deja de ser un almacén de respuestas para convertirse en algo más valioso: la capacidad de formular las preguntas correctas, de cuestionar lo que la máquina propone y de enseñar a otros a hacerlo.
Habrá funciones que cambien y capacidades nuevas que desarrollar. Por eso hacen falta honestidad, acompañamiento y oportunidades reales de aprendizaje. Y algo más: quienes más saben son, precisamente, quienes mejor pueden sacar partido de esta herramienta.
Una nueva etapa
Unos meses después, Carmen ya no esperaba a que le preguntaran.
Había empezado a usar la IA, primero con desconfianza y luego con curiosidad. Y descubrió que sus 27 años no competían con la herramienta: la hacían mejor. Era ella quien detectaba cuándo una respuesta impecable no encajaba con la realidad de la empresa. Quien sabía qué preguntarle. Quien ayudaba a los más jóvenes a no dar por buena la primera respuesta.
Seguían acudiendo a ella. Pero ya no para pedirle respuestas, sino para que les ayudara a encontrar las correctas.
Quizá tú también te hayas sentido como Carmen aquella noche. O quizá tengas una Carmen en tu equipo y nunca te hayas parado a pensar cómo se siente cuando ya no la consultan.
Si es así, recuerda esto: tu historia profesional no termina cuando dejas de tener todas las respuestas. Puede empezar la etapa en la que tu experiencia brille de otra manera. Una en la que no necesitemos ser imprescindibles para sentirnos valiosos.
Porque lo que sabemos puede cambiar y lo que hacemos puede transformarse. Pero nuestro valor nunca dependió solo de cuánto nos necesitaban los demás.
Y ahora te pregunto a ti: ¿quién es la Carmen de tu equipo? ¿O quizá fuiste tú alguna vez?
Fuentes

Silvina Ramos Mosquera
Executive Coach y especialista en neurociencias aplicadas al liderazgo y al cambio
Personaje del mes
2 Noviembre 2026
Rincón del CISO
2 Noviembre 2026
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